lunes, 1 de agosto de 2022

Separando la ciencia de la pseudociencia sin separar la ciencia de la pseudociencia

 Reseña de La actitud científica, de Lee McIntyre

El problema de demarcación ha sido considerado, desde tiempos de Karl Popper, como el principal problema de la epistemología. Qué es la ciencia, por qué es especial y por qué importa responder a esto, son las preguntas que ocuparon a los filósofos de la ciencia (y a muchos científicos) durante décadas. Tradicionalmente, se pensaba que lo especial en la ciencia estaba, de algún modo, relacionado con la forma en la que ésta nos acerca a verdades sobre el mundo real. Pero a principios de los años 80's se popularizó una táctica filosófica poco elegante: rehuir de aquellos problemas que no quedaban completamente solucionados. ¿El problema de la verdad y de cómo las teorías científicas se corresponden con verdades factuales? Mejor dejemos de hablar de la verdad, y olvidemos su relación con la ciencia, pues no es relevante (esta es una tesis que ya se encuentra en Popper, de hecho).  ¿El problema de establecer un criterio o criterios rigurosos para definir la ciencia y delimitar sus fronteras con la no-ciencia? Realmente es imposible ofrecer criterios necesarios y suficientes, siempre se encontrarán objeciones y huecos a cualquier enfoque, en donde los criterios manejados terminen excluyendo aquello que intuitivamente reconocemos como ciencia y aquello que no queremos reconocer como ciencia. 

Así, en 1983, Larry Laudan publicaría su infame "The Demise of the Demarcation Problem", donde aseguraba que términos como el de "pseudociencia" o "anticiencia" eran en realidad huecos, y preguntarse por el estatus científico de los enunciados es irrelevante, pues lo que nos debería interesar es la justificación "en las credenciales empíricas y conceptuales de las afirmaciones sobre el mundo". Siempre he creído que este es un enfoque un tanto cobarde, que prefiere dar la vuelta a los grandes problemas en lugar de buscar resolverlos. En esta misma escuela de pensamiento es que llega La actitud científica (2020), del profesor de filosofía Lee McIntyre

McIntyre, tal como confieza al inicio de su obra, se enamoró de la filosofía de la ciencia luego de leer a Popper, pero su formación es la típica que siguió el "corriente principal" del campo en el mundo anglosajón de despacharse los grandes problemas. McIntyre le reconoce a Laudan el haber demostrado que la demarcación es un problema que no es necesario resolver, aunque no descarta conceptos como los de "pseudociencia" y "negacionista", estableciendo una manera original de estudiarlos sin comprometerse con establecer algún criterio de demarcación. McIntyre parece creer que después de Laudan, los filósofos de la ciencia se olvidaron de la demarcación (esto me hace pensar si este autor no se enteró nunca de los trabajos de filósofos como Paul Kurtz o Mario Bunge, o el propio Popper hasta el final de su vida, quienes prácticamente ignoran a Laudan y continúan en su lucha realista contra la pseudociencia. Y no digamos ya de otros autores, como Martin Gardner, James Randi o Carl Sagan, para quienes la demarcación era la piedra angular de su concepción científica del mundo).

Quiero decir un poco más de esa "corriente principal" de la filosofía anglosajona de la ciencia, que noto muy evidente en McIntyre. Primero, el autor procede a contar una breve historia del problema de demarcación, así como algunos problemas epistemológicos de gran relevancia, como la definición y justificación de las teorías científicas, aclarando en varias ocasiones que lo suyo es un esfuerzo con justificar racionalmente el conocimiento, no preocupándose si el conocimiento que nos proporciona la ciencia es verdadero o tiene algún grado de certeza. Esto a su vez puede llevarnos por dos caminos: el primero, reconocer que una teoría puede ser científica aunque después se demuestre no ser verdadera, como ocurrió con el flogisto y el éter, o puede no reflejar toda la verdad sobre aquello que trata de explicar, como ocurre con la teoría gravitacional newtoniana; o puede hacernos concluir que la verdad es sencillamente irrelevante a la hora de hablar de conocimiento científico y cómo lo producimos. McIntyre sigue el segundo camino. 

Otro ejemplo de creencias de esta "corriente principal": McIntyre con frecuencia lanza afirmaciones bastante creídas en filosofía pop. Por ejemplo, en todo el libro encontraremos esa negación constante del método científico como un criterio definitorio de la ciencia. Y es verdad, el método científico es un tema que se aborda de manera incorrecta, y muchos divulgadores lo invocan como aquello que hace especial a la ciencia (otros más incluso lo hacen desde un enfoque popperiano ingenuo, donde "el método" no ayudaría a la búsqueda permanente de conjeturar y refutar) casi a modo de una receta de cinco pasos, lo que hace tremendamente fácil atacar y negar esta idea. La "corriente principal" niega que exista ese método científico tan simplista, lo que es fácilmente aceptable, pero no podemos descartar que la ciencia sí posee un proceso general para abordar problemas, que podemos reconocer como el método científico (esto a parte de las múltiples colecciones de técnicas y métodos especiales de cada disciplina científica).

Un último ejemplo, a raíz del que también declara insoluble problema de la inducción, McIntyre nos dice que "dada la manera en la que funciona la ciencia uno espera que a largo plazo prácticamente todas nuestras teorías empíricas terminen revelándose como falsas." (Cursivas del original). Esto siempre me ha parecido interesante, porque se nos dice que la verdad no es relevante en nada relacionado a la ciencia, pero la falsedad sí. No podemos hablar de que una teoría es verdadera, quizás de forma aproximada (y la verdad de grado no es algo que McIntyre discuta en ninguna parte), pero estamos dispuestos a aceptar que quizás en un siglo resulte que los planetas del sistema solar no orbitan alrededor del Sol, que el calentamiento global en realidad no está ocurriendo o no es causado por la actividad humana depredadora de recursos, que las infecciones virales no son causadas por virus (y prevenidas por la vacunación) o que la selección natural en realidad no ocurre, después de todo, todas estas son conclusiones de las más sólidas teorías científicas actuales, que admitan o no los filósofos de la ciencia, son creídas como verdaderas por la comunidad científica y un amplio (y variable) sector de la sociedad en general. Afortunadamente (o al menos), McIntyre, como la mayoría de los filósofos de la "corriente principal", no es un nihilista, y una y otra vez nos aclara que el que puede que todo lo que creemos saber igual y es falso, no significa que no podamos decir que estamos racionalmente justificados en creerlo. Lo importante del conocimiento científico, que además lo diferencia de la no-ciencia, no es que sea verdadero ni que cuente con un método especial (algo en lo que estamos de acuerdo), sino que es la actitud científica, es decir, esa colección de valores que hacen que la comunidad científica respete aquellas teorías que se justifican en evidencia empírica contrastable.

McIntyre insiste que la actitud científica no soluciona el problema de demarcación, ni ayuda a establecer si una teoría es verdadera o no, pues como ya declara, estos son problemas que no se pueden solucionar. En su lugar, la actitud científica nos ayuda especialmente a identificar la no-ciencia, antes que decirnos qué es la ciencia. Eso sí, a partir del estudio de lo que no es la ciencia, es posible mirar aquello que hace especial a la ciencia. Esta tesis es la que me parece especialmente original e interesante, y la forma en la que la desarrolla es un camino fascinante a través del fraude científico, la pseudociencia y el negacionismo, pero también por el camino de la madurez epistémica de la medicina hasta volverse científica, mismo que comienza a recorrer la ciencia social. 

La actitud científica se encuentra igualmente presente en el surgimiento de las grandes teorías como la relatividad, así como en actividades cotidianas que consisten en descartar hipótesis según obtenemos nueva evidencia empírica, como puede ser buscar unas llaves de auto perdidas en toda la casa. Establecer que la fundamentación de la teoría de la relatividad es distinta de buscar unas llaves en el hogar, es imposible a partir de la actitud científica, dado a que a lo mucho es un factor necesario, más no suficiente para definir la ciencia. Esto es algo que McIntyre insiste, que su propuesta no es una de demarcación, pues no busca establecer (siguiente el "reto" de Laudan) criterios necesarios y suficientes, e invita a sus lectores a ni siquiera intentar buscarlos partiendo de la actitud científica.

El requisito de la actitud científica no es tampoco un asunto subjetivo únicamente. Valorar el cambio de las ideas según nos guíe la evidencia, junto con todo lo que esto implica, es propio de comunidades enteras que se comparten en común esta pasión y respeto por justificar adecuadamente sus teorías. McIntyre señala que esto es también contrario a la visión positivista de la ciencia, donde ésta debería ser objetiva sin dejarse influenciar por valores externos. La actitud científica es precisamente esa colección de valores sin los cuales no sería posible llamar ciencia a una actividad. Y es justo en eso, en su ausencia o en su imitación, desde donde podemos identificar la no-ciencia.

McIntyre adopta la definición convencional de no-ciencia como ese conjunto de actividades humanas que no son científicas, aunque muchas (como la literatura o la filosofía) no necesariamente pierden valor por no serlo, mientras que otras (como el negacionismo y la pseudociencia) deforman o hacen una mala imitación de ésta; unas más, como las ciencias sociales, parecen encontrarse en un tortuoso camino hacia la adopción completa de la actitud científica para ser consideradas ciencia legítima (camino que otros campos, siguieron después de dejar atrás un escalofriante pasado dominado por la tradición, la autoridad incuestionable y el rechazo de la experimentación). También ocurre que la actitud científica puede desaparecer o ser tergiversada incluso por quienes juraron defenderla, como ocurre en los casos de fraude científico, el cual puede ocurrir porque a los investigadores sencillamente se les hace obvias ciertas conclusiones en su trabajo, que prefieren tomar el camino fácil falseando los datos que los respaldan; o en otros casos, los conflictos de intereses pueden jugar un papel fundamental, como ocurrió con el famoso estudio de Andrew Wakefield, que relacionaba la vacuna triple vírica con el surgimiento del autismo en niños, y que hoy es responsable del movimiento antivacunas moderno. Todas las evidencias apuntan a que Wakefield falseó sus datos para desprestigiar la vacuna en favor de un producto comercializado por él. Hay que reconocer el esfuerzo de McIntyre por estudiar el fraude científico, desde la fusión fría al origen del movimiento antivacunas, se trata de un tema pobremente abordado en epistemología, lo que ha estado cambiando en los últimos años.

Creo que esto es lo más interesante en la obra de McIntyre, que en efecto parece haber descubierto un criterio suficiente para identificar lo que tienen en común el fraude científico, la pseudociencia y el negacionismo (que dicho sea de paso, estos dos últimos los trata como prácticas diferentes, aunque comparten algunas estrategias retóricas). El fraude antivacunas, el creacionismo del diseño inteligente, la fusión fría, el negacionismo climático y los estudios de poderes psíquicos, aunque se presentan como abiertos a la evidencia y la crítica, lo cierto es que se mantienen incolumnes ante las refutaciones, la presentación de evidencia contraria a sus tesis y a la propia demostración de que carecen de los valores de la ciencia.

McIntyre entonces, hace filosofía de la pseudociencia sin comprometerse con algún enfoque o criterio de demarcación en específico, lo que hace que la distinción de la ciencia sea muy nebuloso (como ya señalamos, imposible de separarla categóricamente incluso de algo como buscar las llaves), pero la pseudociencia y el fraude brillan al demostrar la ausencia de la actitud científica, dando a entender que no hace falta establecer categóricamente qué es la ciencia para entenderla, valorarla y defenderla.  


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