"Cada esfuerzo por clarificar lo que es ciencia y de generar entusiasmo popular sobre ella es un beneficio para nuestra civilización global. Del mismo modo, demostrar la superficialidad de la superstición, la pseudociencia, el pensamiento new age y el fundamentalismo religioso es un servicio a la civilización" Carl Sagan.


domingo, 12 de febrero de 2017

Día de Darwin: El creacionismo refutado por Darwin

Nos encontramos celebrando el Día de Darwin, y como cada año, aquí lo festejamos con un artículo sobre la vida y obra de uno de los más grandes científicos de la historia: el naturalista Charles Robert Darwin (aquí pueden ver los artículos del 2012, 2013 y 2016. Muy bien, lo confieso, no escribí nada aquí en 2014 y 2015). Su obra capital Sobre el origen de las especies por medio de selección natural, o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la existencia, o sencillamente, El origen de las especies, fue publicado (muy probablemente) un 24 de noviembre de 1859 por la editorial John Murray. De esta primera edición solo se puede encontrar en las colecciones de libros raros. Aunque existen varias reediciones modernas. La reproducción más popular de esta publicación en el siglo XX fue la edición facsimilar hecha por Ernst Mayr, prologada por él mismo y publicada en 1959 por Harvard University Press, según nos cuenta la historiadora de la ciencia, Janet Browne, en su bello librito La historia de El origen de las especies de Charles Darwin (2008). Pero la primera edición no fue la definitiva, y Darwin corrigió y aumentó su obra con el paso de los años.

La primera edición de El origen de las especies se vendió como pan caliente. Para el 7 de enero de 1860, la segunda edición estaba saliendo al mercado de curiosos que deseaban saber sobre esta nueva teoría llamada "selección natural". La tercera edición, publicada un año después, resulta ser de mayor interés para los interesados en la evolución del pensamiento de Darwin. En  esta, el autor agrega un breve "Bosquejo histórico" donde describe las teorías evolutivas que le precedieron. Para la quinta edición (de 1869) Darwin emplea por vez primera la expresión "supervivencia de los más aptos". Y para la última (sexta edición) de 1872, que es además la edición más común de encontrar en librerías de nuestro tiempo, se compuso con una fuente tipográfica más pequeña y era mucho más barata. Darwin buscaba que esta última edición fuera un libro popular. También revisó en profundidad los capítulos ya contenidos y agregó un nuevo capítulo en el que respondía a sus críticos.

Siguiendo a Browne, la obra cumbre de Darwin ha sido objeto de estudios minuciosos y enciclopédicos (faltaba más). El librito de Browne sirve de introducción general al estudio histórico de la vida de Darwin. En la actualidad, la Editorial Laetoli cuenta con su "Biblioteca Darwin" en la que se incluye la Autobiografía, básica para seguir de cerca el pensamiento del que, en opinión de Richard Dawkins, es el más grande científico de la historia. En español, la Editorial Bruguera publicó una edición de El origen de las especies con un fantástico Prólogo de Rafael de Buen Lozano. Para estudios más eruditos, Browne recomienda la obra de Richard Freeman, The Works of Charles Darwin: An Annotated Bibliographical Handlist (1977); y la de Morse Peckham, The Origin of Species: A Variorum Text (1959), un estudio de la obra frase a frase en el que se recogen las modificaciones introducidas por Darwin a cada una de las ediciones. Pero por ahora no estamos interesados en analizar toda la obra de Darwin. 

Uno de los problemas a los que se enfrentó Darwin, razón principal por la que hizo tantas mejoras a su libro, fue la enorme polémica sobre su teoría de la selección natural. La idea de que las especies cambian con el paso del tiempo de manera gradual, explicando así tanto la función de los órganos o la biodiversidad, así como la existencia de los instintos como creaciones de la presión de la supervivencia en las especies, antes que cualidades irreductibles, no solo ocasionó un fuerte debate en la comunidad científica, sino que revolucionó las ideas preconcebidas sobre la vida, y el papel del ser humano como parte de ésta. Con la publicación de El origen del hombre, el debate científico era empequeñecido por los debates teológicos y filosóficos. El antidarwinismo estaban naciendo. Se condenaba a la obra de Darwin, no por carecer de contenido y de una detallada y rigurosa cantidad de razonamientos consistentes y evidencias a su favor, sino por ser una obra que atentaba contra la posición privilegiada del hombre sobre las demás criaturas, y sobre el papel de un dios creador y dador de vida. Estos antidarwinistas darían origen a los argumentos que hasta el día de hoy los creacionistas del diseño inteligente continúan usando.

Algo interesante en la historia del creacionismo, es ver cómo este ha cambiado de nombre, pero no de contenido en más de 150 años. El creacionismo, pues, es un ejemplo tradicional de pseudociencia, la ser un conjunto de creencias que se oponen al grueso del conocimiento científico bien establecido, que no se nutre de ciencia alguna, que no favorece la investigación, mucho menos la creación de teorías o leyes científicas, y que por tanto, permanece como una clase de "isla cultural", incapaz de corregirse gracias a su contenido altamente dogmático. Hoy en día, el diseño inteligente (DI) se pinta como una innovadora corriente de resistencia frente a la ortodoxia que se encuentra en supuesta crisis. Pero eso es justamente lo que los opositores de Darwin llevan diciendo por más de 150 años, con los mismos argumentos. El DI solo se ocupa de mostrar puntos refutados una y mil veces.

Tomemos de ejemplo el conocido "argumento del ojo" o apelación a la complejidad irreductible. Los creacionistas del DI señalan que una estructura como el ojo, es tan compleja que sería imposible pensar que en un proceso gradual se agregaran las partes que componen el sistema visual una por una. El ojo, entonces, sería una estructura biológica que posee complejidad irreductible. Pero este argumento ya había sido esgrimido cuando Darwin aún vivía, y por cierto, también fue refutado por él hace un siglo y medio (remarcado en negritas son mías):

Parece totalmente absurdo, lo confieso espontáneamente, suponer que el ojo, con todas sus inimitables disposiciones para acomodar el foco a diferentes distancias, para admitir cantidad variable de luz y cromática, pudo haberse formado por selección natural. Cuando se dijo por vez primera que el Sol estaba quieto y la Tierra giraba a su alrededor, el sentido común de la humanidad declaró falsa esta doctrina; pero el antiguo adagio de vox populi, vox dei, como sabe todo filósofo, no puede admitirse en la ciencia. La razón me dice que sí se puede demostrar que existen muchas gradaciones desde un ojo sencillo e imperfecto a un ojo complejo y perfecto, siendo cada grado útil al animal que lo posea, como ocurre ciertamente; si además el ojo alguna vez varía y las variaciones son heredadas, como ocurre también ciertamente, y si estas variaciones son útiles a un animal en condiciones variables de vida, entonces la dificultad de creer que un ojo perfecto y complejo pudo formarse por selección natural, aun cuando insuperable para nuestra imaginación, no tendría que considerarse como destructora de nuestra teoría. El saber cómo un nervio  ha llegado a ser sensible a la luz, apenas nos concierne más que saber cómo se ha originado la vida misma; pero puedo señalar que, como quiera que algunos de los organismos inferiores, en los cuales no pueden descubrirse nervios, son capaces de percibir la luz, no es imposible que ciertos elementos sensitivos de su sarcoda llegasen a reunirse y desarrollarse hasta constituir nervios dotados de esta especial sensibilidad.
Al investigar las gradaciones a través de las que se ha perfeccionado un órgano cualquiera, debemos considerar exclusivamente sus antepasados en línea directa; pero esto casi nunca es posible, y nos vemos obligados a tener en cuenta otras especies y géneros del mismo grupo, esto es, los descendientes colaterales de la misma forma madre, para ver qué gradaciones son posibles y por si acaso algunas gradaciones se han transmitido inalteradas o con poca alteración. Y el estado del mismo órgano en distintas clases puede, a veces, arrojar luz sobre las etapas por que se ha ido perfeccionando
El órgano más simple, al que se puede dar el nombre de ojo, consiste en un nervio óptico rodeado de células pigmentarias y cubierto por piel translúcida, pero sin cristalino ni otro cuerpo refrigerante. Podemos, sin embargo, según Jourdain, descender todavía un grado más y encontrar agregados de células pigmentarias que parecen servir como órganos de vista sin nervios, y que descansen simplemente sobre tejido sarcódico. Ojos de naturaleza tan simple como los que se acaban de indicar son incapaces de una visión clara y sirven tan sólo para distinguir la luz de la oscuridad. En ciertas estrellas de mar, pequeñas depresiones en la capa de pigmento que rodea el nervio están llenas, según describe el autor citado, de una sustancia gelatinosa transparente, que sobresale, formando una superficie convexa, como la córnea de los animales superiores. Sugiere Jourdain que esto sirve, no para formar una imagen, sino sólo para concentrar los rayos luminosos y hacer su percepción más fácil. Con esta concentración de rayos conseguimos dar el primer paso, con mucho el más importante, hacia la formación de un ojo verdadero, formador de imágenes, pues no tenemos más que colocar a la distancia debida del aparato de concentración la extremidad desnuda del nervio óptico, que en unos animales inferiores se encuentra profundamente escondida en el cuerpo y en otros cerca de la superficie, y se formará sobre aquélla una imagen. 
En la amplia clase de los articulados encontramos como punto de partida un nervio óptico simplemente cubierto de pigmentación, formando a veces este último una especie de pupila, pero desprovisto de cristalino o de otra parte óptica. Se sabe actualmente que, en los insectos, las numerosas facetas de la córnea de sus grandes ojos compuestos forman verdaderos cristalinos, y que los conos encierran filamentos nerviosos, curiosamente modificados. Pero estos órganos en los articulados están tan diversificados, que Müller, tiempo ha, los dividió en tres clases principales, con siete subdivisiones, más una cuarta clase principal de ojos sencillos agregados. 
Cuando reflexionamos sobre estos hechos, expuestos aquí con demasiada brevedad, relativos a la extensión, diversidad y gradación de la estructura de los ojos de los animales inferiores, y cuando tenemos presente lo pequeño que debe ser el número de formas vivientes en comparación con las que se han extinguido, entonces deja de ser muy grande la dificultad de creer que la selección natural puede haber convertido un sencillo aparato, formado por un nervio vestido de pigmento y cubierto al exterior por una membrana transparente, en un instrumento óptico tan perfecto como el que poseen todos los miembros de la clase de los articulados.
Quien llegue hasta este punto, no debe vacilar en dar otro paso más si, al terminar este volumen, encuentra que por la teoría de la modificación por selección natural se pueden explicar grandes grupos de hechos inexplicables de otro modo; deberá admitir que una estructura, aunque sea tan perfecta como el ojo de un águila, pudo formarse de este modo, aun cuando en este caso no conozca los estados de transición.
 Como señala Darwin en este último párrafo, dejando de lado la falacia del fósil, el reclamo de los creacionistas es fácilmente refutable mirando tanto la vida existente como el registro fósil. El reclamo creacionista puede formalizarse de la siguiente manera:

<<Para todo x: si x es un ojo (o cualquier otro órgano), entonces, x es irreductible. Por lo tanto, x no pudo evolucionar.>>

Darwin demuestra que un enunciado universal como este resulta falso, ya que sí es posible hablar de órganos visuales más simples que, aún cuando son menos funcionales, siguen siendo útiles para los organismos que los poseen. O sea, sí hay ejemplos de órganos reductibles y funcionales. Desde luego, los creacionistas siguen buscando un órgano o sistema que en efecto sea irreductible. Así es que han acusado a la evolución de ser falsa afirmando la irreductibilidad del ojo, las alas, los dientes, el corazón, el sistema circulatorio, y un largo etc., siempre añadiendo las típicas falacias que todo buen creacionista debe poner en práctica como buen detractor de una ciencia que no conoce y no quiere conocer: una falsa dicotomía estilo "¿Usted piensa que x órgano o función fue producto del azar o de un inteligente diseñador?". Como si el propio Darwin hubiera hablado de azar en algún momento a la hora de explicar su teoría.

En fin, lo único que nos resta decir es:

¡¡¡FELIZ DÍA DE DARWIN!!!


Y

¡¡¡Feliz cumpleaños Mamá!!!

 SI TE INTERESA ESTE TEMA

*El origen de las especies, de Charles Darwin, Bruguera Mexicana de Ediciones, México, 1967.

*La historia de El origen de las especies de Charles Darwin, de Janet Browne, Editorial Debate, México, 2008.

*El relojero ciego, de Richard Dawkins, TusQuest Editores, España, 2015.

*Las series "El diseñador poco inteligente" y "Entendiendo la evolución", por J.M. Hernández, en el blog La ciencia y sus demonios.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Para consultar más rápido