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lunes, 9 de septiembre de 2024

Ateísmo stratoniano vs apologética medievalista

 Reseña de ¿Existe Dios? El debate entre un creyente y un ateo, de Terry Miethe y Antony Flew




¿Vale la pena seguir planteándonos el debate sobre la cuestión de Dios? Hace un par de meses, cuando conseguí el ¿Existe Dios? (1994), el debate del teólogo Terry Miethe y el (entonces) ateo analítico Antony Flew, justo me plantearon con un "otra vez la burra al trigo" esta pregunta. Hoy en día, a prácticamente 20 años del surgimiento del nuevo ateísmo (con El fin de la fe, de Sam Harris), la cuestión de Dios parece ser algo que, como la astrología y la parapsicología, aburre a muchos quienes se pasaron este último par de décadas cuestionando a otros sus creencias religiosas. Otros más pueden creer, con justas razones quizás, que en nuestros tiempos hay problemáticas más interesantes, productivas y/o urgentes que argumentar otra vez en favor del ateísmo.

No puedo negar la verdad de esa última afirmación, pero también debo señalar que, aunque claro que hay decenas de temas más importantes, la cuestión de Dios (y todo lo que se deriva de ella) es un asunto que debe seguirse tratando en los espacios de escepticismo por una sencilla razón: sigue habiendo evangelización, sigue habiendo predicadores y apologistas, sigue habiendo misioneros yendo cada domingo en la mañana a tocar puerta por puerta y la religión sigue siendo una parte fundamental de la vida de miles de millones de personas. Puesto así el asunto, y considerando el tamaño de su influencia, hay realmente pocos temas que tengan ese alcance con el que se le pueda comparar.

Así fue que decidí leer un debate sobre esta cuestión. A diferencia del show de entretenimiento de vacaciones de verano, Miethe y Flew eran dos personas con formación de sobra en la filosofía de la religión, con posturas contrarias, pero capaces de comprender lo que dice su adversario. El libro además cuenta con un prólogo del teólogo Hans Küng, así como apéndices escritos por el filósofo Alfred J. Ayer, y los teólogos Richard Swinburne y Hermann Häring (exponiendo la propuesta de Küng).  

lunes, 12 de febrero de 2024

#DíaDeDarwin El creacionista honesto: el caso de Darwin

El título tal vez parecerá una broma para quienes hayan tenido el disgusto de "debatir" con creacionistas. Ya sea que lo hayan hecho desde la computadora o frente a su puerta con un par de misioneras de faldas largas, las estrategias y argumentos creacionistas siguen siendo, en esencia, los mismos que antes que apareciera la teoría de la selección natural en el terreno científico. Sí, desde antes ya eran básicamente los mismos argumentos. Charles Darwin los había adoptado de la teología natural durante su juventud, Jean-Baptiste de Lamarck los había combatido en su Filosofía zoológica (1809) y David Hume los había cuestionado en sus Diálogos sobre la religión natural (1779), y así podríamos seguir retrocediendo en la historia, encontrándonos con eruditos tratados de filosofía y teología (entre más atrás en el tiempo, más indistinguible se vuelve un campo del otro) que ya hablan de los organismos como máquinas. Y si son máquinas, no pueden haberse creado a sí mismas, según nuestra propia experiencia en creación de máquinas. Por lo tanto, alguien las tuvo que haber creado, y dada la cantidad y "perfección" en el funcionamiento y lugar que ocupan en el mundo, sería innegable que ese "alguien" es de una inteligencia sobrehumana. Ese "alguien" lo llamamos Dios, por lo tanto, Dios existe.

¿Cómo podríamos pensar que alguien intelectualmente honesto (consigo mismo y con los demás) podría seguir creyendo en la validez de este tipo de razonamientos después de, entre tantos otros, Hume, Lamarck y sobre todo Darwin? Tal vez, se podría argumentar, los creacionistas actuales no son conscientes de la historia del creacionismo. Hay que tener en cuenta que por "creacionismo" nos podemos estar refiriendo a toda una ontología (o visión del mundo), una pseudociencia (o la forma más conocida de negacionismo de la ciencia) o a un conjunto de argumentos, y aunque están relacionados entre sí, no siempre es fácil de diferenciar una de otra. 

Pero eso no parece tan convincente. Por ejemplo, el teólogo (que no filósofo, no me cansaré de repetirlo) William Lane Craig asegura que el problema con el diseño inteligente es que algunos, como los proponentes del creacionismo del diseño inteligente mismo, piensan en éste como una hipótesis o teoría alternativa a la ciencia, cuando en realidad se trataría de una "inferencia filosófica". No hay que olvidar que Craig en el pasado también ha defendido el diseño inteligente, admitiendo primero que no sabe "si una inferencia de diseño en el campo de la biología está justificada", pero al menos sabe que "los argumentos típicos contra el Diseño Inteligente son, en el mejor de los casos, no concluyentes o, en el peor, falaces". Craig no es un creacionista que ignore la historia del creacionismo (ni la de la biología evolutiva), pero aún así, mantiene un razonamiento prácticamente indistinguible de los manejados por los creacionistas antes y después de Darwin (eso sí, más sofisticado que la mayoría de ellos).

sábado, 15 de marzo de 2014

Mis tonterías favoritas de las humanidades II

Debido al éxito del primer top de mis tonterías favoritas de humanidades, y al hecho que aun con ese escrito sentí que me quedé corto, decidí escribir un segundo top con otro montón de tonterías que se siguen esgrimiendo desde las llamadas humanidades, haciendo que el abismo de diferencias entre humanistas y científicos se vuelva cada vez más grande. Ideologías caducas que se quieren ver como la esperanza revolucionaria de la sociedad, disciplinas que ocupan injustamente espacios académicos y que no aportan nada al conocimiento ni la resolución de problemáticas sociales, y desde luego, autores que se consagran como vacas sagradas incuestionables y con apellidos interesantes son solo algunos ejemplos de la tontería en el mundo de las humanidades.

Hay veces en que me pregunto si soy demasiado "duro" con críticas de este tipo o si de verdad debería considerar que aun la doctrina más obsoleta tiene algo que aportar. Pero luego vuelvo a pensar en el asunto y me doy cuenta que con o sin estas ideas, las cosas hoy en día estarían igual. Y lo que es más, tengo bastante certeza que si estas ideas tuvieran más difusión en la cultura y en la mente del ciudadano común estaríamos más jodidos de lo que ya estamos hoy en día.

Lo cierto es que una chorada, ya sea que se les venda al público en general o que se venda entre aquellos que se hacen llamar "intelectuales", por el hecho de ser una chorada debe ser combatida por representar un riesgo a la sociedad. Las choradas que se visten con los ropajes del intelectualismo o de la esperanza revolucionaria pueden llegar a ser de las más nocivas, tal como ha demostrado la historia. Pero basta de introducción y hablemos un poco más de estas diez tonterías citadas y sobrevaloradas por filósofos, sociólogos, psicólogos, antropólogos, economistas e historiadores.

domingo, 14 de abril de 2013

El número de Dios. Brevísima historia de la proporción áurea


El siguiente es un ensayo corregido y aumentado que presenté hace tiempo como ponencia en la clase de Fundamentos de las Matemáticas dentro de la carrera en Filosofía. Decidí publicarlo, primero que nada, porque desde mi punto de vista las matemáticas son el ejemplo de la belleza reducida en una ecuación. A través de las matemáticas somos capaces de describir fenómenos impresionantes del Cosmos, y todo desde una hoja de papel. Debo admitir, sin embargo, que aunque soy consciente de la importancia de las matemáticas y sus implicaciones tanto estéticas como epistemológicas, estas nunca han sido mi fuerte, quizás por eso este escrito es bastante escueto en cuanto a cálculos se refiere. Estoy muy seguro que para un matemático verdadero este ensayo divulgativo y ridículamente introductorio le parecerá escrito por un niño de secundaria. En fin, ¿qué se me va hacer?

Cabe señalar que en la última parte del ensayo, dedicado a responder a la pregunta de si phi es prueba de la existencia de Dios, la argumentación es bastante escueta, pues el tema de Dios y las matemáticas no eran el punto central, y viene a verse en este escrito solamente como un dato curioso en el que, en esta ocasión, no profundicé. 

Bueno, esperando lo disfruten, les dejo la brevísima y escueta historia del número áureo, el número de oro, el número de Dios: Phi, una maravilla numérica.

¿Qué tienen en común las semillas de un girasol, una tarjeta de crédito, el Partenón, una concha de nautilo y la Mona Lisa? La respuesta es 1.618033… phi o también conocido como el numero áureo.

 Del mismo modo en que Pi representa el cuerpo geométrico más perfecto (la esfera), phi es el número de la belleza. El número áureo pertenece al conjunto de los números irracionales, esto es, aquellos que no pueden expresarse como cociente de dos números enteros.

Entre la historia, el arte y lo divino

 En el siglo XV el monje Luca Pacioli, influido por la idea de que todo nuevo conocimiento debía adaptarse con las creencias de la iglesia, lo llamó “la divina proporción” dando un porqué. De acuerdo a él, phi “tiene una correspondencia con la santísima trinidad; es decir, así como hay una misma sustancia entre tres personas, de igual modo una misma proporción se encontrará siempre entre tres términos, y nunca de más o menos”.

Se cuenta que fue Leonardo da Vinci quien bautizaría a este número como “el número áureo”. Influido por el humanista Leon Battista y el escultor Antonio Filarete, Leonardo creía que la anatomía y la arquitectura estaban relacionadas. Fue en la década de 1480, mientras trataba de ganarse al duque de Milán y a los arquitectos de la corte, cuando profundizó en esta relación que expresó en su famoso dibujo “El Hombre de Vitruvio” en 1487, basado en la descripción del arquitecto Marcus Vitruvius Pollio, en la que afirma:

“En el cuerpo humano, la parte central es el ombligo. Pues si un hombre se acuesta boca arriba, con los brazos y las piernas extendidas, y se centran un par de compases en el ombligo, los dedos de las manos y los pies tocarán la circunferencia descrita a partir de ese centro. Y también puede inscribirse en una figura cuadrada”. Esto es, si dividimos el lado del cuadrado (la altura del ser humano) por el radio de la circunferencia (o sea, la distancia del ombligo a la punta de los dedos) tendremos como resultado el número áureo.

Leonardo se fue obsesionando con la búsqueda de pautas que relacionaran no solo la anatomía con la arquitectura, sino con la estructura armónica de la música y con la propia naturaleza. La búsqueda de da Vinci por encontrar las proporciones en el mundo que lo rodeaba, al igual que su intento de relacionar la circunferencia de las copas de los arboles con la longitud de sus ramas, fue intensa pero vana.

Algunos siglos antes de da Vinci, en 1202, Leonardo de Pisa, mejor conocido como Leonardo Fibonacci, publicaría su Liber Abacci, donde explicaba cómo sumar, restar, multiplicar y dividir con el sistema decimal. En su obra, que buscaba presentarse solamente como un problema planteado para que sus lectores aprendieran a usar el sistema decimal, aparecería una sucesión numérica que parece más la consecuencia de reflexiones profundas sobre aritmética.

En Liber Abacci, Fibonacci se preguntaba cuán rápido se expandirían los conejos por la Tierra en condiciones ideales. Así, Fibonacci planteó el problema más o menos de la siguiente manera:

 Supongamos que tenemos una única pareja de conejos, que ambos miembros están preparados para procrear al mes de existencia y que dan a luz a una nueva pareja tres un mes de gestación.

¿Cuántas parejas de conejos habrá al cabo de un año? Al final del primer mes la pareja original está dispuesta a procrear, pero sigue habiendo una única pareja. Al final del segundo mes tendremos la pareja original y su primera pareja-hija. Al finalizar el tercero habrá en el campo original, la primera pareja, que ya está a punto para procrear, y una segunda pareja-hija. Al terminar el cuarto mes tendremos la original y su primera pareja-hija, y la segunda pareja-hija, que ya está lista para procrear. La sucesión de parejas de conejos entonces es: 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55, 89,144, 233... Esta sucesión de conejos, mas tarde conocida como el código de Fibonacci o números de Fibonacci, es obtenida de la suma de los dos números previos para obtener el número siguiente. ¿Pero que tienen que ver los números de Fibonacci con el número áureo?

Para entender esta relación, hace falta explicar qué es en sí el número phi. Phi, el número áureo, se entiende como aquél que si le sumamos uno sale el mismo resultado que si lo elevamos al cuadrado. Por ejemplo, si tomamos la raíz cuadrada de 5, luego le sumamos 1 al resultado y el total lo dividimos entre 2, resultará el número áureo.

Con este conocimiento, en el año 2,000 y con menos de 3 horas de computar ecuaciones, se encontraron los primeros 1,500 millones de cifras decimales, alcanzando de este modo el récord mundial del mayor número de decimales calculados (récord actualmente superado en cálculos decimales sobre pi).

Pero volviendo a la pregunta anterior, ¿qué tienen que ver los números de Fibonacci con el número phi? Resulta ser que si se toma uno de los números de Fibonacci (cualquiera de la sucesión) y se divide ese número por su inmediato anterior, a medida que se progrese en la sucesión, el cociente se irá acercando mas y mas al número áureo.

En términos matemáticos, esto quiere decir que la sucesión de números creada dividendo un número de Fibonacci por su inmediato anterior tiende, o tiene como límite, el número áureo. Esto quiere decir que la sucesión de números “termina” en el infinito.

Naturaleza y matemáticas

Así cómo es posible encontrarnos con phi en obras de arte y casos idealizados como los conejos de Fibonacci, también podemos encontrar ejemplos de este número presente en la naturaleza misma.

Un ejemplo que suele encantar a los divulgadores científicos es el del árbol genealógico de un zángano de un panal. Los zánganos nacen del huevo no fertilizado de la reina, luego tiene una madre, pero no tienen padre. Por el contrario, tanto la reina como los obreros nacen de huevo, fertilizados por un macho. Tienen, por tanto, padre y madre. Una vez aclarado esto, se tiene en mente que el árbol genealógico de un zángano queda de la siguiente forma: tiene 1 madre, 2 abuelos (macho y hembra), 3 bisabuelos (dos de la familia de la abuela y uno de la del abuelo), 5 tatarabuelos, 8 tatatarabuelos y así sucesivamente. Si lo notamos, la secuencia del árbol genealógico de un zángano es 1, 1, 2, 3, 5, 8… es decir, la sucesión de Fibonacci.

Los números de Fibonacci también los encontramos en el número de espirales a la izquierda de los girasoles y en las piñas de los pinos; en el número de pétalos de las flores (3 el iris; 5 u 8 en ángulos ranúnculos; las margaritas y girasoles suelen contar con 13, 21, 34, 55 u 85), y en el número de flores en las espirales de la coliflor y el brócoli (de hecho, cada una de ellas es una diminuta coliflor en sí). Así mismo, es posible encontrar los números de Fibonacci en el plátano y las manzanas. Incluso las hojas alrededor del tallo siguen este orden.

Si miráramos desde arriba a la molécula del ADN notaríamos que esta se parece a un polígono de diez lados formado, en esencia, por dos pentágonos superpuestos, a uno de los cuales se ha hecho girar 36º. La relación entre la diagonal del pentágono y su lado es el número phi.

Pero tal vez no existe ejemplo más representativo de la proporción áurea que la concha de un nautilo, la cual no es más que la resultante de una espiral logarítmica que puede trazarse con un lápiz y un compás  En este ejemplo, los números son convertidos en figuras geométricas (cuadrados). Primero, se colocan dos cuadrados iguales juntos, de cualquier tamaño, cuyos lados serán tomados como unidad. Encima de ellos, se dibuja un tercer cuadrado cuyo lado sea el doble de los anteriores. A la derecha, se añade otro más, con el triple de lado. Debajo, el correspondiente al número 5 de los números de Fibonacci, y así sucesivamente, de modo que cada nuevo cuadrado tenga de lado la suma de los dos cuadrados anteriores. Después, se dibuja un cuarto de circunferencia dentro de cada cuadrado (empezando por el primero), y de esta forma se obtiene una espiral logarítmica que es, justamente, lo que presenta la concha de un nautilo.

Los ejemplos pueden seguir encontrándose en el sistema solar, en una galaxia o en el propio rostro humano, tal y como da Vinci lo decía.

¿Prueba de Dios?

El número áureo ha sorprendido y maravillado tanto a místicos como a matemáticos por
igual. Las sucesiones de Fibonacci y su resultante tendencia al número phi, hacen que este tema parezca más un asunto de numerología y no de matemáticas. Sin embargo, es fácil demostrar su presencia en las proporciones del universo mismo.

Esto hizo que muchos, tal como era de esperar, supusieran que el Cosmos tenía un orden matemático complejo, solo posible gracias a una mente creadora. Esta mente creadora no podía ser otra que la de Dios. En la tradición filosófica abundan los ejemplos de grandes pensadores que creían justamente en la trascendencia mística de los números y el universo: Pitágoras, Aristóteles, Nicolás de Cusa, Galileo Galilei, Johannes Kepler, Wilhelm Leibniz, Isaac Newton... Incluso en el siglo XX encontramos a grandes pensadores de la talla de Einstein con un sentimiento casi religioso con respecto al Cosmos.

¿Pero son las matemáticas, y más en específico, el número áureo una prueba de la existencia de un diseñador inteligente del universo conocido? Los apologistas y teólogos modernos afirman que sí (tal y como siempre han hecho los hombres de fe), basándose en que los extraordinarios ejemplos del número áureo en la naturaleza no pueden ser explicados sino es “a la luz” de un diseño consciente.

Lo cierto es que hojas, pétalos y semillas se ordenan en las plantas siguiendo un ángulo fijo, pero no necesariamente porque un “alguien” no se le ocurrió otra forma de ordenarlos, sino porque este orden es el mejor sistema de empaquetamiento aunque la planta crezca. Si colocamos el número áureo de hojas por vuelta en el tallo obtenemos el mejor empaquetamiento para que reciban todas ellas el máximo de luz solar sin que unas se oculten a otras y, en el caso de las flores, la mejor exposición para atraer a los insectos polinizadores.
De modo que el número áureo en la naturaleza parece ser más una consecuencia de la teleonomía y no de la teleología, como a muchos les gusta pensar.

Encontrar orden matemático en un universo de aparente belleza caótica es sorprendente, pero no es una prueba de algún diseñador inteligente.

SI TE INTERESA ESTE TEMA 

*The Golden section ratio: Phi, enlace del Departamento de Matemáticas de la Universidad de Surrey

*El sitio The Golden Number posee información divulgativa pero detallada sobre la proporción áurea. En este sitio se asegura que phi es una prueba de Dios.

domingo, 6 de enero de 2013

¿Por qué critico la religión?



Hace unas cuantas semanas, mientras paseaba con una buena amiga mía y platicando sobre las creencias religiosas suyas y de su novio, se le ocurrió preguntarme, lo que creo, es una de las preguntas más directas que me han hecho. Ella me dijo (y la cito textualmente): “oye… ¿por qué eres así?... ¿Por qué criticas la religión?” mi respuesta en el momento fue simple, pero para hacer un artículo interesante, profundicemos mas en el asunto.

Antes que nada, no está de más advertir que siempre he defendido la libertad de creencias. Nunca he tratado de burlarme de nadie, ni mucho menos discriminarlos por sus creencias.; el que me burle de las creencias religiosas por considerarlas un montón de pamplinas es otra cosa muy distinta, que mas adelante explicaré. Pienso que cada quien es libre de creer en lo que quiera. Así, mientras unos creen en un dios de triple personalidad, otros pueden creer en el conejo de pascua sin que eso me afecte en lo más mínimo.
Ahora volviendo a mi anécdota con mí amiga, entre bromas y algunos albures, mientras recitábamos jugando el credo católico, me miró sorprendida porque me recité dicha oración sin equivocarme. Me preguntó que, si yo no era creyente, cómo es posible que me supiera el credo. Esta idea, la de que un no creyente es no creyente porque no conoce la creencia, se encuentra ampliamente difundida, y es justamente la razón (creo yo) del por qué no es posible ponerse de acuerdo en cuanto a la cuestión de dios se refiere.

Mientras cientos de ateos piensan que los religiosos se equivocan, cientos de religiosos piensan que los ateos se equivocan. Ambos lados suelen (solemos) creer que el bando contrario es un ignorante de nuestra postura. La pregunta clave para disolver este problema (muy bien expresado por mi amiga en una pregunta inocente) es, cuál es el bando que se equivoca y cómo saberlo. Si lo personalizamos y lo volvemos más un asunto entre mi amiga y yo, podríamos preguntarme quién de los dos tiene la razón al creer o no creer. Resulta que en mi pequeña charla le dije a mi amiga que, criticar solo por criticar y sin fundamento, no tiene ningún sentido; para criticar algo hay que conocer (aunque sea de forma básica) ese algo.

Resulta que tenemos tres vertientes por las cuales responder quién tiene la razón. Existe una técnica con la cual podemos analizar los enunciados y afirmaciones de ambos bandos, inventada hace unos milenios y perfeccionada con el pasar del tiempo: el análisis lógico del lenguaje, el cual nos daría como heredero actual a lo que acá en la licenciatura se conoce como filosofía analítica.

Utilizando igualmente la lógica, pero para analizar nuestra forma de interpretar el conocimiento y las costumbres que adquirimos, podemos encontrar con aquello que se conoce como pensamiento crítico, en el cual se mira con escepticismo toda afirmación que pase por nuestros oídos (o que pase por nuestros ojos al leer, en fin, que sea percibida); si la afirmación que se analiza no pasa este escrutinio escéptico, simplemente se rechaza.

Por último, pero no menos importante, contamos con el conocimiento que nos otorga la cultura científica. La ciencia se construye, básicamente, de la observación cuidadosa de ciertos fenómenos específicos, la creación, crítica y análisis de hipótesis, la formulación de un marco teórico que explique de forma coherente y elegante el fenómeno, y de la evidencia que respalda dicho marco teórico. En pocas palabras pues, la base es la teoría y la evidencia.

Si me pusiera a platicarles sobre los fundamentos, de lo que me gusta llamar, las tres grandes herramientas de análisis, nos olvidaríamos por completo del tema que da nombre a este artículo. De hecho sería imposible  hablar sobre filosofía analítica, pensamiento crítico y cultura científica en un pequeño artículo. Por eso es que creo que es aquí donde les daré un pequeño consejo: ¡ESTUDIEN! Quedarse con lo que dice un humilde artículo, o con lo que dicen sus enlaces de referencia sería muy tonto. No hay nada mejor que profundizar de forma personal, por la pura curiosidad, por puro gusto, por puro interés. Este mismo consejo es el que siempre trato de darme a mí mismo.

Ahora sí, dejando de lado las reflexiones sobre las herramientas para un pensamiento lógico y basado en la evidencia, volvamos a nuestro asunto: ¿cómo saber si los ateos se equivocan sobre los creyentes o si los creyentes se equivocan sobre los ateos? La pregunta desde el inicio no presupone que un bando sea más inteligente o más tonto que el otro. Si acaso, se presupone que un lado podría estar más informado que el otro. Con esta sencilla aclaración, los ataques ad hominem, sobre que si los ateos piensan (o pensamos) que los creyentes son idiotas o que si los creyentes piensan que los ateos son unos mente cerradas quedan fuera de lugar.

Ahora, si se afirma que un pensamiento lógico y claro es uno que tiene como base la argumentación razonada, el pensamiento crítico y la evidencia públicamente verificable, debemos preguntarnos entonces ¿cuál de las dos posturas busca basarse en esta forma de pensamiento?

La religión, y más específicamente la fe, nunca han necesitado de analizar si la estructura lógica de sus enunciados es o no correcta o lógicamente posible. Tampoco  ha necesitado de analizar las afirmaciones principales que sustentan la fe en algún dios en específico, y ni se preocupan en verificar la autenticidad de afirmaciones y acontecimientos, tales como los milagros. Un pensamiento religioso, entonces, no puede ser considerado un pensamiento lógico y claro. Si acaso, es una manifestación de lo que se conoce como pensamiento mágico. Ojo, decir que la religión no es lógica, no es lo mismo que decir que la religión no puede defenderse con lógica. Lo último es perfectamente posible, la fe religiosa puede ser defendida con argumentos inteligibles, y así ha sido defendida por pensadores de la talla de Agustín de Hipona y Tomás de Aquino, y más recientemente en nuestros tiempos por personalidades como William Lane Craig o Dinesh D’Souza; el objetivo de esta forma de defensa religiosa es el de reforzar la fe del individuo, haciendo creer que su fe se basa en algo que mas la autoridad eclesiástica y libros viejos. A esta práctica se le llama apologética o apología religiosa.

Sin embargo, el problema con la apologética es creer que solo con argumentos lógicos se puede demostrar que algo como la existencia de Dios es verdad. Creer que con un silogismo hipotético, una reducción al absurdo o con un modus tollens demuestras que lo que crees es real, no es más que una incoherencia en sí misma. El análisis lógico sirve para demostrar que tus enunciados en realidad concuerdan entre sí, sin contradecirse. Eso es todo. La lógica por sí sola no puede decirnos si algo es verdadero o no, solo puede decirnos si algo es válido o no; esta es una diferencia abismal. Las contradicciones y la falta de evidencia en las afirmaciones de los apologistas (desde san Agustín hasta nuestros días) hacen que argumentos que parecen ser  sólidos, como los del Dr. Craig, terminen siendo la burla de todo mundo.

Para que la apología tenga un poco mas de aceptación y pudiera ser vista como una auténtica defensa racional, necesitaría de evidencia pública y verificable de sus afirmaciones, algo que jamás ha tenido (y que es poco probable que en el futuro tenga). No se puede demostrar de manera empírica la existencia de dioses, vírgenes, apariciones, milagros o dones.

Entonces, la religión no es lógica, pero se puede hacer el intento de defenderla de forma lógica. De este modo, parece razonable criticar a la religión por su falta de sustento lógico y verificación empírica de sus principales dogmas, digo, afirmaciones y argumentos, ¿o no?
En esencia sí, pero decir que critico la religión porque no es lógica o carece de fundamento científico es solo una parte de mi respuesta.

Resulta que podemos juzgar a la religión no solo como una fuente de argumentos o afirmaciones extraordinarias carente de evidencias extraordinarias, sino que también podemos mirar a esta como un fenómeno histórico.

A comienzos de la civilización, la religión fue un autentico consuelo ante grandes enigmas que el ser humano no podía descifrar. Decir “los dioses lo hicieron” fue en algún momento una respuesta satisfactoria ante preguntas como qué es la vida, por qué existe todo en lugar de nada, para qué sirve la vida, etc. También sirvió como una buena falda a la cual agarrarse en momentos difíciles como crisis, hambrunas o epidemias. Ayudaba a encontrar un sentido a la muerte, creyendo que tras esta existía otra vida.

Sin embargo, y también desde los albores de la humanidad, la religión sirvió como una gran excusa para hacer invasiones, saquear, esclavizar o destruir. Decir “nuestros dioses nos apoyan” era suficiente para motivar ejércitos a que invadieran y destruyeran todo a su paso. Ambas caras de la moneda de la religión (la falda a la que agarrarse en la ignorancia y la excusa para cometer crímenes contra la humanidad) han continuado hasta nuestros días. El problema es que en la actualidad, y conforme progresó el conocimiento científico en la historia, esas faldas se hicieron innecesarias. Los humanos se dieron cuenta que responder “Dios lo hizo” o “Dios así lo quiso” era igual que no responder nada en absoluto.

Con cada avance en astronomía, antropología, biología o cosmología, se hizo más y más evidente que la respuesta “Dios” era obsoleta, innecesaria e insuficiente. Sin embargo, el miedo y la ignorancia continuaron siendo las principales faldas de la humanidad por siglos, y los poderosos, aquellos que se ocupaban de mantener este miedo e ignorancia, aprovecharon esto para hacer y deshacer lo que se quisiera. La religión entonces, se convirtió en el opio del pueblo.

Si pudiéramos hacer un juicio histórico a la religión entendida como una sola institución, la fiscalía la acusaría de atroces crímenes contra la humanidad entre los que se contarían: masacres, genocidios, guerras, dictaduras, monarquías, imposición, discriminación, machismo, dogmatismo, lavado de cerebro, tortura, separatismo, terrorismo, fanatismo, fundamentalismo, adoctrinamiento de menores, esclavitud, irracionalidad e ignorancia. ¿Las evidencias? La historia de la humanidad.  Un jurado imparcial y objetivo encontraría a la religión como culpable y un juez sabio dictaría como sentencia el mayor castigo que se puede dar ante tan atroces injusticias: el olvido y la mirada de desprecio por parte de historia.

No existe duda alguna que la religión ha sido, a lo largo del tiempo, una de las manifestaciones culturales con más carga negativa y más consecuencias atroces contra nosotros mismos.

De modo que podría decir que critico a la religión por haber sido la culpable, directa o indirectamente, de las peores decisiones de la humanidad. Pero aquí no acaba mi respuesta.

 Como ya he mencionado, una de las razones por las que critico a la religión es por su falta de rigor a la hora de demostrar sus afirmaciones. Vamos, porque carece de sustento científico. Pero mi crítica va un poco más allá. No es solo que carece de sustento científico, sino que en muchas ocasiones las religiones son vistas como una disciplina a nivel de la ciencia, o incluso se mira como algo superior al propio conocimiento científico.

Algunas personas llegan asegurar que la cosmovisión de algún credo religioso resulta sobrecogedora, hermosa y elegante. Me gustaría que ustedes vieran la cara de nostalgia que pongo cada vez que oigo semejante cosa.

La cosmovisión religiosa que sea siempre mirará al ser humano como la cumbre de la creación. Para la religión, el universo es como un patio de juegos en el que los humanos son los consentidos; ellos hacen lo que quieren de este patio que les construyó para ellos solos su papá diosito.

Esto es más o menos lo que plantea ese dogma teológico del derecho natural. Un dogma cuyos orígenes se puede rastrear en la filosofía aristotélica con la noción de teleología. Según Aristóteles, todo en este universo tiene una razón de ser, un objetivo, un fin. El fin de los animales y plantas, decía, es el de servir al hombre ya sea como comida, compañía, transporte o como mercancía. El hombre por ser el animal racional y por contar con alma (Aristóteles entendía alma como sinónimo de mente, no como la concepto espiritual que hoy día se la da) debe dominar por sobre todas las bestias, y así tomar su lugar privilegiado en la creación.
Esta idea fue retomada por teólogos medievales como Tomás de Aquino combinándola con algunas enseñanzas bíblicas, y después pulida por filósofos como René Descartes dando una concepción mecanicista del universo en la que solo el hombre tiene sentimientos porque es el único ser que tiene alma, para así dar forma a un plan divino en el que Dios nos concedía el derecho natural de ser privilegiados por encima de cualquier otra cosa.

Así pues, la cosmovisión religiosa (por lo menos la occidental) mira al ser humano como el centro del universo, la máxima expresión de creación y perfección, lo mas cercano a un Dios. Esta visión del universo, para mí es una visión pobre de la vida. Una visión en la que el ser humano es el centro de todo no solo es una visión falsa, sino que además es egoísta y arrogante.

Basados en estas ideas, durante siglos se toleró matanzas crueles de animales, extinguiendo especies, comerciando con ellas, y arrasando con ecosistemas enteros. Después de todo, teníamos el derecho divino. Imaginarse que miles de millones de años de evolución cósmica eran solamente para llegar al ser humano, millones de explosiones de supernova, millones de especies que evolucionaron y se extinguieron… me parece que es simplemente un desperdicio de universo.

Sin embargo, la religión hasta nuestros días sigue afirmando exactamente lo mismo. El ser humano sigue siendo ese niño chiqueado que puede hacer con todo lo que le rodea lo que se le antoje porque así lo quiere su papá diosito. Todo lo que tiene que hacer es rezar. La Tierra es toda suya. Visión más pobre y arrogante de un universo tan pequeño y vacío no puedo imaginar.

Entonces, recapitulando todo lo ya dicho: critico la religión porque esta carece de sustento lógico y de evidencia verificable; porque ha sido la causante directa o indirecta de grandes calamidades para la humanidad; porque ha sido la mayor difusora de ignorancia e irracionalidad en todo el mundo en todos los tiempos; porque ofrece una visión del universo tan arrogante y pequeña que me es imposible el que no me suene como un insulto personal. Pero sobre todas las cosas, critico la religión porque esta es un sistema doctrinario, cerrado, dogmático, que no admite la duda.

El escepticismo es el enemigo acérrimo de la religión, la búsqueda de respuestas es una aberración y el pensar de forma independiente y de manera crítica es una blasfemia. Por todo esto es que critico la religión.

Para sintetizarlo todo, y volviendo a mi anécdota con mi amiga, le respondí que mejores palabras no pude encontrar que una frase célebre de Richard Dawkins: “critico la religión porque esta nos enseña a conformarnos con no entender.”

¿Alguna duda? 

SI TE INTERESA ESTE TEMA


*Tratado de Ateología, de Michel Onfray, Editorial Anagrama.

*Manual del Perfecto Ateo, de Rius, Editorial Grijalbo.

jueves, 27 de diciembre de 2012

El lado ocultista de Newton*


Newton no fue el primero de la era de la razón; fue el último de los magos, el último de los babilonios y sumerios, la última gran mente que contempló el mundo visible e intelectual con los mismos ojos que los que empezaron a construir nuestro legado intelectual hace bastante menos de 10.000 años. Isaac Newton, hijo póstumo, nacido sin padre el día de
Navidad de 1642, fue el último niño prodigioso al que los Reyes Magos podrían rendir sincero y adecuado homenaje.” John Maynard Keynes.

“Da pena imaginar los descubrimientos que Newton podría haber hecho en matemáticas y física si su gran intelecto no se hubiera distraído con tan extravagantes especulaciones.” Martin Gardner.

 La historia de la ciencia, contrario a lo que se suele creer, está plagada de curiosas anécdotas relacionadas con lo oculto y lo extraño.

Así podemos nombrar casos antiguos como el de los pitagóricos cuyas enseñanzas combinaban las  matemáticas con un misticismo cerrado; o historias contemporáneas tal como el caso de Nikola Tesla, quien en su momento alegaba haber hecho contacto con extraterrestres a través de las entonces recién descubiertas señales de radio.

 Sin embargo, tal vez no exista historia mas extraña en la ciencia y tan interesante como la de Newton. Un ocultista hecho y derecho.

 Conocido popularmente como el brillante físico matemático que siendo joven inventó el cálculo diferencial (aún continúa la polémica con Leibniz), descubrió el teorema del binomio, introdujo las coordenadas polares, demostró que la luz blanca era una mezcla de colores, explicó el arco iris, construyó el primer telescopio de reflexión y demostró que la fuerza que hacía caer las manzanas era la misma fuerza que guía a los planetas  y provoca las mareas. Autor del libro científico más célebre de la ciencia, Phillosophiae Naturalis Principia Mathematica; Newton también fue un apasionado de la alquimia, un fundamentalista cristiano y un profeta que usaba las matemáticas y la Biblia para calcular el fin del mundo. De hecho sus obras de alquimia y profecías son mucho más voluminosas que sus obras de física.

La cara oculta de Newton

La peculiar personalidad de Newton, introvertida y ensimismada, sigue siendo un enigma. Sus contemporáneos se fijaron en su melancólico semblante. Aunque de vez en cuando sonreía, casi nunca reía. Permaneció soltero toda su vida y no sentía ni el más mínimo interés por el sexo. Murió siendo virgen.

 A Newton no le interesaban ni la música ni el arte, y en cierta ocasión describió despectivamente la poesía como “disparates ingeniosos”. Nunca hizo ejercicio, no tenía aficiones recreativas ni interés por los juegos, y estaba tan obsesionado con su trabajo que muchas veces se olvidaba de comer o comía de pie para ganar tiempo. Tenía pocos amigos, e incluso con ellos se mostraba con frecuencia pendenciero y rencoroso.

Unos cuantos psicoanalistas freudianos han considerado muy importante que su padre muriera antes de que él naciera y han sugerido que Newton fue un homosexual reprimido. Ideas imposibles de demostrar postuladas desde una teoría ya de por sí indemostrable y carente de sustento.

Newton casi nunca reconoció el mérito de otros científicos cuyos trabajos anteriores habían influido en el suyo. Siempre insistió en recibir todo el crédito por sus descubrimientos y acusó duramente al también matemático y filósofo  Leibniz (cuya metafísica despreciaba), de haberle robado su invención del cálculo.

Alquimista y profeta

Aunque otros científicos de la época, en especial Robert Boyle, se interesaron también por la alquimia, ninguno estuvo tan obsesionado por este tipo de investigación como Newton. Leyó todos los libros antiguos de alquimia que pudo encontrar, y llegó a acumular más de 150 en su biblioteca. Construyó hornos para innumerables experimentos y dejó escritas cerca de un millón de palabras sobre el tema. Se veía a sí mismo como un continuador de una tradición secreta de sabiduría oculta que se remontaba a la antigüedad más remota. Incluso sospechaba que los antiguos ya conocían la ley del cuadrado inverso.

Newton pasó años tratando de transmutar metales comunes en oro, escribió trabajos en los que el naturalismo y la magia se juntaban, y estudió tradiciones místicas antiguas. Todos estos esfuerzos por hacer descubrimientos alquímicos fueron infructuosos.

Pocos años después de la publicación de sus Principia, Newton sufrió una tremenda crisis mental que tardó un año o más en superar. Se caracterizó por graves insomnios, profunda depresión, amnesia, pérdida de capacidad mental y delirios paranoicos de persecución. En años recientes, unos cuantos estudiosos han sugerido la posibilidad de que padeciera envenenamiento con mercurio y otros metales tóxicos, causado por sus experimentos alquímicos. Otros han conjeturado que durante toda su vida fue un maniacodepresivo, con cambios de humor alternativos que le hacían pasar de la melancolía a la actividad eufórica.

Para este Newton “eufórico”, la alquimia y la física no eran sus únicas pasiones. Otra disciplina en la que destacó, aun más que algunos de los especialistas de su época, fue en la teología.

Tal y como nos narra Martin Gardner en ¿Tenían ombligo Adán y Eva?, Newton era un devoto anglicano que creía firmemente que la biblia es una revelación de Dios, aunque admitía que los textos originales habían sido muy deformados por la desaprensiva Iglesia Católica Romana. Aceptaba al pie de la letra la versión del Génesis sobre la Creación en seis días, la tentación y caída de Adán y Eva, el arca de Noé, la sangrienta redención a cargo de Jesús, su nacimiento de una virgen, la resurrección de su cuerpo y la vida eterna de nuestras almas en el cielo o en el infierno. Jamás dudó de la existencia de ángeles y demonios, y de un Satán destinado a ser arrojado a un lago de fuego el día del Juicio Final.

El obispo James Usher, erudito irlandés del siglo XVII, había determinado que la Creación tuvo lugar en el año 4004 a.C. Newton “revisó” esta fecha en la dirección equivocada, fijándola quinientos años después.

El universo de Newton era una inmensa máquina que funcionaba siguiendo leyes creadas y mantenidas por una divinidad personal pero trascendente. El espacio infinito era el “Sensoriam” de Dios, el medio del que se valía para observar y controlar el cosmos. Aunque para Kant, y otros seguidores posteriores de Newton, el universo era determinista y nunca se desviaba de sus leyes inalterables, Newton, siendo adulto mayor, estaba convencido de que, “de vez en cuando”, Dios tenía que reajustar las órbitas de los planetas para mantenerlas libres de perturbaciones provocadas por cometas y otras fuerzas.

Este concepto, que Dios tiene que manipular el universo para repararlo, fue uno de los mas atacados por su rival, Leibniz, quien le cuestionaba duramente que, si Dios es perfecto, omnipotente y omnisciente (como el propio Newton creía), ¿por qué iba a crear un universo tan defectuoso que necesitaba reparaciones perpetuas?

 Para Newton, nos cuenta Gardner, el panteísmo era algo inaceptable. Su Dios era el Dios de la biblia, a cuya imagen y semejanza fuimos creados, pero nos es tan totalmente ajeno que no podemos comprender en qué nos parecemos a Él. En lo que más se apartó Newton de la religión predominante en Inglaterra fue en su rechazo de la Trinidad. Era arriano (el arrianismo fue un precursor de lo que hoy se conoce como unitarismo), y para él Jesús era verdaderamente el divino hijo de Dios, pero ni mucho menos igual al Padre.

El trinitarismo, en opinión de Newton, era una burda herejía inventada por la Iglesia Católica en los siglos IV y V. Se guardó esta creencia para sí mismo, sabiendo perfectamente que si se llegaba a conocer sería expulsado de su colegio de Cambridge (irónicamente llamado Trinity), donde fue profesor de matemáticas durante veintiséis años. Más adelante, esta creencia habría puesto en peligro su puesto en la Real Casa de la Moneda, donde trabajó durante la última mitad de su larga vida.

Newton, así como la mayoría de sus contemporáneos (incluido el mismo Leibniz), miraba en la naturaleza, y en las matemáticas que la explicaban, la mayor prueba de una creación divina. Dios, según Newton, era el motor último del universo que se ocupaba de que fuerzas como la gravedad, tuvieran sentido.

Esta forma de pensar marcaría por completo su cosmología, en la que aseguraba que el tiempo y el espacio eran fijos, eternos e infinitos. Para su época, era imposible formular una teoría de la relatividad, sin embargo, muchos especulan en que Newton no habría tenido problemas en aceptar dicha idea si tan solo hubiera sido un contemporáneo del siglo XX.  Se cuenta que Einstein en un momento dijo “perdóname Newton”, disculpándose por la “destrucción” del universo newtoniano fijo, infinito y místicamente bello.

De forma un poco egocéntrica, aseguraba ser la única persona en poder interpretar de forma correcta las profecías contenidas en el libro del profeta Daniel, del Antiguo Testamento, y en el Apocalipsis, del Nuevo Testamento. “Habiendo tenido tanto éxito en la resolución de algunos de los acertijos del universo de Dios, dedicó su talento a intentar resolver los acertijos planteados por la Sagrada Palabra de Dios,” afirma Gardner.

Newton estaba convencido de que la biblia tenía el mensaje del juicio final. Creía que él había sido elegido por Dios para descifrar dicho mensaje apocalíptico. Creía que 1260 años después de la refundación del Sacro Imperio Romano llevada a cabo por Carlomagno (en el año 800 d.C.) el Armagedón seria una realidad en la Tierra. Es decir, el fin del mundo, de acuerdo a esto, ocurrirá en 2060.

Al igual que el movimiento sionista cristiano, creía que la segunda venida de Cristo a la Tierra tendría lugar solo cuando se instaurara nuevamente el Templo de Salomón, destruido por los babilonios miles de años atrás.

Las creencias de Newton le llevarían a escribir varios tratados sobre el tema, incluyendo una guía inédita para la interpretación profética titulada Reglas para la interpretación de las palabras y el lenguaje en la Escritura. En este manuscrito, se detallan los requisitos necesarios para lo que él considera que la correcta interpretación de la Biblia.

¿Y qué hay del 666, el número de la Bestia, según el Apocalipsis? Como los adventistas actuales, Newton creía que aún no conocemos su significado.

En otro de sus libros, titulado Observaciones sobre las profecías de Daniel y el Apocalipsis de San Juan, Newton expresó su creencia de que la profecía de la Biblia no se entendería "hasta el fin de los tiempos ", y que aún así "ninguno de los impíos entendería”. En dicho tratado asegura que “el Evangelio será predicado en todas las naciones antes de la gran tribulación, y el fin del mundo”.

Una vez estando en una edad madura, Newton cambiaría de opinión, asegurando que era una tontería utilizar la biblia para predecir el futuro. Todo lo que se podía hacer, decía, era reconocer las predicciones cumplidas después de que ocurran los hechos profetizados.

Lo cierto es que Newton decía una verdad casi innegable hoy en día en torno al fin del  mundo. Decía que este comenzaría el día en que se comenzara a levantar nuevamente el Templo de Salomón. La ubicación en donde alguna vez se erigió el legendario templo, es la misma en donde actualmente se encuentra el Domo de la Roca, uno de los santuarios más importantes del Islam. El intentar derrumbar dicho lugar sagrado para construir un templo judeocristiano incitaría la ira del mundo musulmán, causando muy probablemente la tercera guerra mundial y con esto, causando un auténtico Armagedón.

Newton fue sin lugar a dudas, el mayor genio científico que la humanidad ha conocido en toda su historia. Pero su genialidad fue utilizada en mayor medida para descifrar enigmas bíblicos, profecías apocalípticas y experimentos mágicos. Solo queda imaginar qué tantos descubrimientos y teorías hubiera sido capaz de postular, de haber prestado mayor atención a la ciencia y menos a la superstición.

*El artículo fue un ensayo que presenté en una exposición en mi clase de Seminario de Filosofía Natural de Newton.

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*¿Tenían ombligo Adán y Eva?, de Martin Gardner, Editorial Debate.

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