Richard Dawkins es un hombre que irrita a muchas personas con tan solo nombrarlo. Irrita a fundamentalistas cristianos y musulmanes; irrita a creacionistas y a (algunos) biólogos (consulte los textos de Wynne-Edwards, de Gould o de Lewontin); irrita a feministas y machistas (especialmente los que lo son por su educación religiosa); irrita a teólogos y también irrita a algunos ateos (pregunte a Ruse, a O'Neill o a Gray); irrita a los derechistas más rancios como a izquierdistas de distintas variedades (consulte twitter); irrita a posmodernos como a defensores de la Ilustración (pregunte a algún seguidor de Bunge o de Johnstone). También irrita a mucho magufo defensor de pseudociencias variadas (desde astrólogos hasta curanderos cuánticos), y sí, también a algunos escépticos, como muchos de mis contactos. Algunas veces parece molestar a quienes debían ser molestados (y más importante, criticados), y en otras ocasiones parece la típica estrella pop inmune a sus propias meteduras de pata en redes sociales.
Personalmente, me alegra que existan personas como Dawkins. No porque crea que todas las polémicas que causa estén en lo correcto (muchísimas veces no lo está), sino porque siempre nos recuerda que hay ciertos temas que no importa cuántas veces se comenten, siempre será necesario volver a comentarlos. Más agradecido cuando agrega algo original al debate público, aunque irrite a muchas personas. Y con el nuevo número de Skeptical Inquirer predigo que se viene una nueva oleada de personas irritadas con Dawkins, pero un grupo particular de personas: los homeópatas (y sí, eso me hace feliz). No es que Dawkins insulte a ningún homeópata, sino que les propone algo impensable: diseñar un experimento que los ayude a demostrar la eficacia de su práctica. ¡Blasfemo!














